[...]

S. L.: ¿Qué hiciste después de eso?

P. V.: Después de eso, trabajé mucho sobre la topología y las formas orientadas. Pienso que la arquitectura se vino desarrollando siempre dentro de los límites de las formas regladas: la esfera, el cilindro, el cubo, etc. No obstante es­to, las formas y las superficies regladas son una especie de academicismo de la geometría. La arquitectura fue atra­vesando diferentes épocas, pero el formalismo geométri­co se mantuvo. La mayoría de los arquitectos se limita a formas euclidianas, es decir, a la ortogonalidad. Pusieron agujas en las torres, y eso era el gótico; y así fue con todo lo demás. Pero lo que a mí me interesaba era meterme con la topología, es decir, con los espacios no euclidianos, usar formas difusas, incluso a nivel del suelo.

 

S. L.: Enfatizar el suelo fue un elemento totalmente nuevo. Era adoptar el punto de vista opuesto a la verticalidad, in­cluso a la verticalidad extrema, como Nueva York. En Ar-chitecture Principe, llamaste a Nueva York “la culmina­ción del segundo orden urbano”. Para ese entonces, ya entreveías la posibilidad de un tercer orden urbano, fluido y continuo, que combinara “la circulación mecánica con la pedestre, movilizando el hábitat mediante la apertura de es­pacios de transferencia”.

 

P. V.: De ahí la idea de vivir sobre planos inclinados, y de tener muebles que salieran del piso. Investigué acerca de eso con el “suelo de estar”, le sol a vivre. Uno puede tener una mesa, una cama, una silla que salen de un pla­no inclinado, y al terminar de usarlas, volver a guardar­las. También se las puede dejar puestas de manera per­manente, pero uno no está obligado a hacerlo. La idea es que el piso es a la vez mueble e inmueble. Es a la vez móvil y estacionario. El piso es la superficie que contie­ne toda la vida de la casa: los conductos, los muebles, in­cluso la televisión. Porque la televisión es un objeto que se mira entre las piernas, en el cual uno se sumerge, co­mo una pileta o un acuario. Ahí, como en la realidad pla­netaria, el suelo contiene la vida.

S. L.: Pero el suelo mismo también está inclinado.

P. V.: El plano inclinado del Beaubourg es aberrante: es continuo. Lo interesante es hacer olas, y luego enderezar­se de tanto en tanto. No estábamos totalmente en contra de lo horizontal -eso sería una aberración, lo horizontal es un suelo-; simplemente, no queríamos que la horizon­talidad fuera permanente. En la “función oblicua”, la es­tructura es autoportante, lo cual quiere decir que no hay otra cosa más que suelo. La estructura está en todas par­tes. Hay una multiplicación de superficies y, a la vez, la posibilidad de la intercomunicación. Además, estas su­perficies inclinadas son muy buenas para la energía solar. La energía solar funciona con ángulos; en ese entonces ya lo teníamos en cuenta. Incluso hicimos algunas ma­quetas. Es un poco como la idea de las puertas del avión.

S. L.: Tomaron el ala del avión como modelo. ¿Por qué?

P. V.: Porque tenía todo incorporado. Uno pasea por el ala. En los alas volantes, los tipos caminan por el medio de las alas, el mecánico va a fijarse cómo está el motor. Así que de ahí salió la idea de una estructura que lo contuviera todo.

S. L.: Lo que proponían era una revolución del espacio. Pe­ro la idea no tuvo éxito.

P. V.: Era una revolución en la arquitectura que la arquitec­tura no quiso. En esa época, los franceses aún eran corbusianos. No había gran cosa que escapara a eso, con la excepción de Frederick Kiesler. Él es quien construyó el Santuario del Libro, en Jerusalén, para guardar los rollos del Mar Muerto. El edificio fue diseñado como un cuenco.

[...]

Extraido de: Amanacer crepuscular || Paul Virilio en diálogo con Sylvère Lotringer || Publicado por Fondo de cultura económica

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