[...]

S. L.: Hoy en día ser sedentario, en suma, es ser un propie­tario en movimiento.

P. V.: Sí, pero en realidad se trata de la inercia polar. Es­ta gente no se mueve, ni cuando viajan en el tren rápido. No se mueven cuando vuelan en avión. Son sedentarios en un movimiento absoluto: la velocidad, la híper velo­cidad del tren o del avión o el barco de alta velocidad, y la híper velocidad de la telecomunicación instantánea, que les permite operar en bolsa instantáneamente, en Wall Street o en Hong Kong.

S. L.: Y entonces, los nómades son los desposeídos.

P. V.: Los nómades son los pobres. Vamos hacia una ca­tegoría de gente que no está en su casa en ningún lado.

S. L.: Es lo que describías en Chambres précaires [Habita­ciones precarias], ese libro conmovedor de la fotógrafa Jac-queline Salmón,”‘ que documenta las marcas de estos des­plazamientos, las huellas de una circulación inhabitable, las “salas de espera sin plataformas”.

P. V.: La famosa desregulación del transporte internacio­nal no es solamente pasajes baratos para que el turismo masivo se vaya de vacaciones a un crucero de placer; también son los pasajeros clandestinos, los chicos que se escapan de sus casas, la boat people, los inmigrantes ilega­les que vienen de todas partes. Y yo estoy con ellos. Trabajo con el padre Giros. Tenemos una asociación dedica­da a ese fin, acabamos de abrir un refugio cerca de la Ga-re du Nord.

S. L.: Volvemos a la teoría de Marx sobre la pauperización absoluta, aunque con esta diferencia de que ya no se trata de la clase obrera, sino de gente sin clase y sin lugar… Po­dríamos decir que ahora los obreros son los propietarios.

P. V.: El fin del hombre como fuerza de trabajo, en pro­vecho de la máquina. En lo que Marx no reparó fue en que, cuando ya no se necesita más del hombre, el hombre ya no es patrón, no es nada. El fin del hombre como pro­ductor, el fin del hombre como progenitor, vamos hacia el engineering, los bebés de probeta, el tráfico de esperma. El fin del hombre como destructor: ya no se necesitan soldados; tenemos los robots, los misiles crucero. Pode­mos enviarlos a la guerra como perros. Es el fin del hom­bre. El fin de la humanidad. Estamos ante una época apo­calíptica. Eso explica los clones, la idea de una eugenesia para crear hombres y mujeres de mayor rendimiento.

S. L.: Ya no van a ser propietarios, van a ser apropiados.

P. V.: Y entonces, los superhombres, en el sentido de Nietzsche, son como plantas transgénicas. Van a ser resis­tentes a todo. Van a estar los genéticamente correctos y los genéticamente incorrectos. Nosotros dos, que somos úteros, nacimos de la suciedad del semen y de la secre­ción vaginal. ¡Qué horror! Somos sucios.

S. L.: Es el retorno del fascismo.

P. V.: Mientras que ellos…

S. L.: …son puros.

 

P. V.: Sí, ellos son clean. Ahí está. Ésa es la nueva eugene­sia. Así que, ya ves, nada está dicho. Podría pasar cual­quier cosa. Y al mismo tiempo, es todo muy apasionante.

S. L.: ¿Cómo plantear, entonces, el problema de la arquitec­tura, y en particular el de la arquitectura urbana, en la época de la globalización?

P. V.: Hay una arquitectura de la globalización como hu­bo una arquitectura internacional, una arquitectura ins­pirada, en lo esencial, en Mies van der Rohe y los puris­tas que venían de la Bauhaus, después de haber abandonado Alemania por razones obvias. El polo prin­cipal para la arquitectura de la globalización es la com­presión temporal. A diferencia de los años cincuenta y se­senta, cuando se hablaba esencialmente del espacio, ahora estamos obligados a hablar del tiempo. La compre­sión temporal es un término técnico que ilustra el hecho de que de ahora en adelante el tiempo real es un ele­mento determinante del poder. La compresión temporal es lo que también llamo “presión dromosférica”, con res­pecto a la presión atmosférica.

[...]

Extraido de: Amanacer crepuscular || Paul Virilio en diálogo con Sylvère Lotringer || Publicado por Fondo de cultura económica

 

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