por Luz Fernández Valderrama Aparicio
Archipiélago, Nov, 2005
El problema inicial de cualquier arte es el de la necesaria ruptura
del espejo, de los espejos de las yoidades, ya sean individuales (el
autor) o colectivos (el Estado, el mercado, los medios de comunicación
…). Romper el espejo para que surja, en libertad, el acontecimiento,
para que emerja con energía una porción de realidad.
Es nuestra trampa y la trampa, a la vez que el síntoma, de todas
aquellas situaciones contemporáneas que se nos ofrecen como obsoletas,
problemáticas o, en otros términos, desafiantes y excesivas.
El turismo, y en concreto el turismo de costa, es una de esas
situaciones problemáticas que no deja de reflejar las energías humanas
del capital, del mercado o de los medios de comunicación, construyendo
una relación con el medio que cada vez se hace menos sostenible –y por
ello amenazadora de la preservación– en vez de inaugurar o dar forma a
un nuevo modo de libertad que, sin anular estas fuerzas, las dirija y
las encauce hacia un modelo de territorio o ciudad donde sea posible el
reconocimiento de unos nuevos órdenes.
La situación es ya alarmante, podemos hablar de un territorio
doble, necesitado de una urgente relectura, pues su catástrofe es
también el potencial, la energía activa fructífera para otro proceso de
creación. La arquitectura de cada época debe dar respuesta a las
situaciones problemáticas del momento que le ha tocado vivir, ése es el
mandato soberbio de la modernidad. El proyecto contemporáneo lo
descubre en el fenómeno turístico, que, con una densidad alarmante,
acoge a todos los problemas y las posibilidades de la ciudad
contemporánea, concentrados la mayoría de las veces en el tiempo y en
el espacio (1).
Y así se alcanza a pensar que el interés del proyecto de
arquitectura no está ni en la brillante construcción de más objetos
para un paisaje que no los demanda, ni tampoco en una idealidad como
excusa dominadora de su realización. El interés del proyecto
contemporáneo se encuentra en la capacidad para desvelar cuáles son los
problemas contemporáneos, dónde están las insurrecciones entre los
hombres y la materia, dónde y por qué se revela la realidad, demandando
otras opciones que sean aptas para los nuevos tiempos, para así
trabajar con estas insurrecciones, con los problemas-temas que
almacenan la energía activa en la que necesariamente debe navegar todo
el proceso del proyecto.
Pero la argumentación que para los problemas ofrecen las
arquitecturas para estas situaciones no surge del simple análisis y
estudio de los mismos. Es necesario ir más allá, ya no es posible
enunciar las bases para nuevos programas territoriales, tal vez más
complejos y seguros y mucho más híbridos, la cuestión está en el
proceso a través del cual se llega a la definición de esos programas:
“Se está haciendo cada vez más importante para los arquitectos operar a
dos niveles, uno en el que se produce la arquitectura, y otro
independiente de la arquitectura, que intenta comprender al nivel más
básico qué está ocurriendo en el mundo y cómo afectan estos fenómenos a
la arquitectura”. (2)
El problema no está en cambiar los programas e inventar unos
nuevos, sino en los procesos y en las herramientas utilizadas para
definir y gestionar estos programas. También en este campo, la
arquitectura ha cambiado sustancialmente, no sólo en la manera de
trabajar con el programa, sino en la manera misma de entender qué es
actualmente el programa y cómo nos interesa trabajar en nuestras mesas
de trabajo en este sentido.
En la arquitectura de los años 50 se evolucionó desde la
preocupación de adaptar la forma del proyecto a la definición de un
programa, hasta hacer del programa un punto de apoyo para la forma del
edificio. El funcionalismo tenía como fin que el edificio fuera
explícito en su cometido funcional e, incluso, que se hiciera
comunicable, fácilmente reconocible. Hasta la novedad y la riqueza de
los usos constituían un valor añadido de la arquitectura y más si ésta
se ordenaba visualmente en función del orden programático de sus
funciones: “El núcleo técnico de la casa Farnsworth, los espacios
sirvientes y servidos por Kahn, el maclaje de volúmenes de la iglesia
aaltiana de Imatra, las rupturas morfológicas de la casa Ugalde o los
leves gestos de los apartamentos Borsalino pretendían hablar de
espacios para usos distintos y de la evidencia perceptible de estas
diferencias. Una arquitectura nacida de la abstracción buscaba, en la
particularidad de cada programa, una de las razones de su justificación
formal. Zonificadas, orgánicas, constructivas, las razones funcionales
articulaban la forma arquitectónica y su expresión” (3).
La arquitectura contemporánea, sin embargo, encuentra una nueva
actitud en la manera de trabajar el proyecto con el programa: estos
proyectos ni se adaptan al programa, ni hacen de él una excusa para
encontrar el sentido de la forma, estas arquitecturas reinventan y
reactivan el programa con el proceso del proyecto.
Es más: como se decía, cambia la manera misma de entender qué es
actualmente el programa y cómo nos interesa trabajar en este sentido.
Si primero fue la función, una noción en la que ni siquiera se osaba
tantear cuestiones más amplias, el programa apareció luego como una
capacidad más del proyecto, como una dimensión superior en la que el
proyecto podía proponer otra organización de ese programa, pero sin
cambiarlo sustancialmente.
Ahora el programa ya no es ni función ni organización sino que ha
pasado a ser, en primer término, información. En los proyectos se ha
empezado a imponer la necesidad de trabajar con mucha información: ya
no dependemos de “la idea”, sino que nos obligamos a gestionar una gran
cantidad de constricciones. El proyecto se mueve necesariamente en el
plano de la realidad, realidad compleja, inabarcable, que sólo se deja
cortar parcialmente.
Pero, ¿por qué hemos pasado del programa a la información? Porque
el programa no es otra cosa que la información gestionada por el
“aparato del Estado”, usando términos de Deleuze y Guattari, y ahora,
sobre todo, por los medios de comunicación. Pasar del programa a la
información es relativizar el papel de la institución y encontrar en
este trabajo las bases para desestabilizar los órdenes impuestos por
las viejas instituciones. Este es uno de los campos más fructífero del
proyecto, descubrir nuevos órdenes bajo los viejos órdenes establecidos.
Pero la información se multiplica cada vez más. Para filtrarla y
hacerla operativa, el proyecto construye, en vez del viejo programa, un
nuevo orden que adquiere la forma de mapa o de figura. En el fondo es
sólo un modo para empezar a filtrar la información, para cualificarla
de una determinada manera impuesta por una lógica que el mismo proceso
de investigación genera. De ahí surgen los denominados “paisajes de
datos”, fruto de la plena conciencia de que efectivamente la realidad
sólo se puede cortar a través de múltiples capas que se superponen unas
a otras, simultáneas y superpuestas a la vez.
Más que de programas (información) y lugares (situaciones)
deberíamos hablar de neocontextualismos, en los que se mezclan datos
que tienen que ver tanto con el programa –descompuesto ya en
información– como con la situación o el lugar, al igual que con la
temporalidad del proyecto o de sus usos, con los deseos de los sujetos
o la realidad antropológica con la que vamos a trabajar en el proyecto.
Función [flecha diestra] Programa [flecha diestra] Información = Neocontextualismo
El cambio sustancial es que ya no es el programa, o en su origen la
función, el punto de partida para el proyecto, sino la información en
general, gestionada a través de paisajes de datos compuestos por
multitud de capas que provienen del campo de la antropología, de la
sociología, climatología, topografía, fluctuaciones de las actividades,
etc. Ya no es con las ideas con lo que el proyecto se quiere enfrentar
sino con la realidad, compleja e inabarcable, y ésa es su riqueza y ahí
es donde está el gran campo de posibilidad del proyecto contemporáneo.
Sólo así podremos ser incluso utópicos. Como citaba Vicente Guallart en
el Seminario de Arquitectura Radical, “Hoy lo más realista, es ser
utópicos” (4).
El camino es construir “máquinas de guerra”, herramientas que
gestionen la información de otra manera, desvelando las nuevas
posibilidades de lo real. Deberíamos por ello dejar de hablar de
proceso del proyecto, palabra que se asocia a la disciplina de la
arquitectura, para hablar de laboratorios.
–Laboratorios participados, porque este proceso ya no pertenece
exclusivamente a la arquitectura sino que es necesariamente
transdisciplinar –y necesariamente social–, de modo que deberíamos
apostar por ellos como medio contemporáneo para la construcción de lo
real, de los nuevos modos de libertad que cada situación demanda.
–Laboratorios de conocimiento y de acción, porque son herramientas
potentísimas para cortar la realidad, para conocerla y simultáneamente
para reinventarla o renovarla dejando que la energía activa emergente
en forma de problema, y la historia, se unan en el acontecimiento: “Hoy
todo ha terminado, la construcción de lo real va al mismo ritmo que la
construcción de la herramienta, la producción de la herramienta es lo
mismo que la construcción del mundo” (5).
–Laboratorios para el arte, porque vuelve a estar de la mano del
arte la solución o, mejor dicho, ciencia y arte ya no pueden ser
dualidades en la acción sobre el territorio: es necesario gestionar la
información creativamente porque sigue siendo el arte lo que no se
repliega ni al mercado ni a la crítica ni a la academia, liberando
nuevas realidades, liberando a las colectividades, pero también a
nuestros paisajes o a nuestros territorios. La misión del laboratorio
es construir un nuevo modo de libertad, las estrategias manipularán la
información de manera insospechada, como siempre suele hacer el arte.
–Laboratorios terapéuticos. “Alguna vez se sabrá que no había arte
sino medicina”, decía Nietzsche, indudablemente marcado por su realidad
biográfica. Hoy esta frase nos hace pensar que no hay solución sin
alcanzar un nuevo orden más sostenible, energéticamente más provechoso
y territorialmente menos destructivo. Ya no es posible trabajar sólo
para retirar las células enfermas o sustituirlas, es un problema del
sistema inmunológico; no se puede atacar el problemas en la superficie
sino que es necesario agenciar –creativamente– las herramientas y los
instrumentos para trabajar con los problemas desde su origen.
Es únicamente en estos laboratorios de donde puede surgir los
nuevos proyectos, los nuevos enunciados y programas para una costa
turística sostenible, soluciones que vienen de la mano del arte, de la
ética y de la medicina, si es que todavía los podemos enunciar como
campos independientes. Nuestro esfuerzo consistirá en ponerlos en
marcha (6).
–Laboratorios de arquitecturas sin nombre. “Es el viaje el
verdadero laboratorio del conocimiento. Es él el que sitúa a Ulises en
la tarea y el deber del ver y el conocer. Son estas las disposiciones
que deciden la nueva relación con los acontecimientos, con las cosas
… Quien parte, quien abandona la transparencia de lo conocido, se
encuentra en primer lugar con la no transparencia, lo oscuro, aquello
que desde el no conocimiento se resiste y protege a la sombra. El
primer viaje es siempre hacia la sombra, el lugar sin-nombre, que se
nos oculta, enigma.” (7) Montar laboratorios sobre los sitios del viaje
–el origen del tour (turista)– nunca ha tenido tan lejos el sentido
último del viaje como camino de transformación (8). El problema de las
arquitecturas para el turismo es que se han hecho demasiado
predecibles, ya no son la respuesta a esos lugares sin nombre a los que
queremos ir, sino que reproducen otros muchos lugares, muchas veces
demasiado conocidos, por lo que el viaje –tour– deja de ser un
encuentro con lo desconocido para ser un reconocimiento de nuestros
supuestos: son transparentes. La misión del laboratorio debería ser
inventar arquitecturas opacas: que desvelen lo diferente de los
lugares, de las situaciones, de los acontecimientos, de los problemas.
–Laboratorios de arquitecturas negociadas. En el viaje
contemporáneo, y en la realidad cotidiana, las experiencias se
aceleran, los medios de comunicación se multiplican, y así se condensan
en el tiempo y en el espacio las experiencias y los acontecimientos.
¿No debería pasar lo mismo con la arquitectura? La arquitectura debe
acelerarse en el espacio haciendo compatibles actividades que antes no
lo eran. Tal vez una de las estrategias para negociar estas acciones o
acontecimientos sea trabajar con el factor tiempo como una dimensión
más del espacio: arquitecturas que se hacen estacionales o temporales,
negociando así diferentes usos en diferentes secuencias temporales.
Arquitecturas reversibles, compatibles o recidadas, estrategias
necesarias para construir la ciudad lineal turística más sostenible:
“Una ciudad sostenible es aquella capaz de diseñar una estrategia para
aumentar la complejidad, que, en otras palabras, significa aumentar la
probabilidad de contactos entre los diversos elementos sin aumentar el
consumo de energía y de recursos [...] El aumento de complejidad en
diversas áreas de la ciudad supone concentrar en un mismo espacio
elementos de características distintas” (9).
Las prestaciones necesarias para estas arquitecturas serán la
capacidad estratégica y la capacidad de negociación, concepto clave
para la arquitectura contemporánea, como tal vez en otro momento fue la
funcionalidad. La capacidad de negociación es un índice de la
flexibilidad necesaria de los nuevos soportes que propongamos.
Es dentro de esta estrategia general donde se puede dar respuesta a
la difícil dicotomía entre la demanda de decrecimiento que plantean
cierta teorías (10) y la incuestionable necesidad de crecimiento de
toda sociedad capitalista. Una posible resolución de la paradoja podría
consistir en plantear crecimientos inversos o crecimientos recursivos:
crecimientos sobre sí mismo, crecer sobre la variable tiempo, de manera
recursiva –las estacionalidades en la ocupación de la costa permiten
pensar otras estrategias de ocupación compatibles que a su vez
reactiven continuamente el tejido que utilizan como soporte–, o
crecimientos inversos, planteando el crecimiento de esos programas que
nunca han sido objeto del proyecto de arquitectura y que ahora emergen
como material necesario y no prescindible. Nos referimos, por ejemplo,
a la construcción del “bosque urbano” o el “parque natural urbano”.
Ampliar estos programas, en ocasiones en detrimento de otros, y otras
en constante negociación con los mismos, es una medida, no sólo
curativa, sino preventiva de la imparable ciudad lineal costera. Como
lo es negociar, dentro de los planes parciales, la calificación del
suelo en altura, apostando por la compatibilidad en vertical, liberando
horizontalmente suelos para el crecimiento de estos otros programas
necesarios en nuestras ciudades.
El reto estará en ser capaz de producir estos laboratorios
participados (disciplinar y socialmente) y con ellos los soportes
necesarios para la ciudad–turística–contemporánea, agenciando así los
nuevos modos de libertad social y nuevos modos de libertad territorial.
De otro modo sólo serán, de nuevo, reflejo y especulaciones de nuevas
yoidades, esta vez más sofisticadas y complejas.
BIBLIOGRAFÍA
–VV AA, Mutaciones, Barcelona, Actar, 2000.
–VV AA, Reinventar el destino. Reflexiones sobre el espacio
turístico contemporáneo, EU especiales de urbanismo no. 3, recopilación
a cargo de Joaquín Casariego y Elsa Guerra, Ayuntamiento de Las Palmas
de Gran Canaria, 2005.
–Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 1994
–Ramón Folch, Diccionario de Socioecología, Barcelona, Planeta, 1999.
–Salvador García Espuche y Rueda, La ciudad sostenible, Barcelona, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, 1998.
–Michel Houellebecq, Plataforma, Barcelona, Anagrama, 2002.
– Francisco Jarauta, “El viaje como identidad cambiante: las
metamorfosis de Ulises”, conferencia inédita perteneciente al curso “Un
viaje fantástico. El periplo de la Creación” de los Cursos de Verano de
la Universidad Complutense de Madrid (Madrid, 11 de agosto de 2005).
–Antonio Negri, Arte y multitudo. Ocho cartas, Madrid, Trotta, 2000.
–Ignasi Solá Morales, Diferencias. Topografía de la arquitectura contemporánea, Barcelona, Gustavo Gili, 1995.
NOTAS
(2.) VV AA, Mutaciones, p. 116.
(3.) I. Solí Morales, Diferencias. Topografía de la arquitectura contemporánea, p. 17.
(4.) Conferencia impartida en el Seminario “Arquitectura Radical” dirigido por Francisco Jarauta en febrero de 2002.
(5.) Antonio Negri, Artey multitudo. Ocho cartas, p. 62.
(6.) Desde septiembre de 2004 a mayo de 2005 se llevó a cabo uno de
estos laboratorios bajo el proyecto de investigación denominado “Hacia
una costa inteligente” de la Bienal Internacional de Arquitectura
Rotterdam. El trabajo fue realizado por profesores y alumnos de
diferentes escuelas de arquitectura de España, formando grupos
interdisciplinares de trabajo. Los resultados deben enmarcarse tanto
dentro del campo del diagnóstico y análisis como en el campo
propositivo del proyecto de arquitectura: herramientas, al fin y al
cabo, de conocimiento y de construcción (“Hacia una costa inteligente”,
Bienal Internacional de Arquitectura Rotterdam, Programa 2005, Tema El
Agua–Los flujos y el arca, 2a edición. Comisario: Adriaan Geuze;
director: George Brugmans; coordinador de España: Manuel Gausa;
coordinador de el equipo de la ETSAS: José Morales Sánchez. El trabajo
de investigación ha sido elaborado por alumnos P5, P4 y P2 de la ETSAS
a cargo de los profesores José Morales, Sara de Giles, Juan González
Mariscal, José Luis Bezos, Julio Barreno, Ignacio Capitán y Luz
Fernández Valderrama. Profesores colaboradores: Santiago Cirugeda,
Fernando Díaz de Pulgar y Carlos Morales).
(7.) Francisco Jarauta, “El viaje como identidad cambiante: las metamorfosis de Ulises”, 2005.
(8.) Ha sido tal vez Houellebecq, en su libro Plataforma, el que
nos ha mostrado una posible conciliación, no occidental, ni traumática
(sólo aparentemente), entre el turismo contemporáneo y el viaje de
Ulises: “En resumen, el turismo como búsqueda de sentido, con la
sociabilidad lúdica que favorece y las imágenes que genera, es un
dispositivo de comprensión gradual, codificada, y no traumatizante del
exterior y la alteridad”. Rachid Amiruo (en Plataforma, de Michel
Houellebecq).
(9.) Salvador García Espuche y Rueda, La ciudadsostenible, p. 100.
(10.) “La sostenibilidad es decrecimiento: hemos de (re)plantearnos
las nociones y los conceptos de crecimiento y desarrollo para
literalmente crear una nueva región conceptual sobre la sostenibilidad.
Como es bien sabido, la cuestión de las relaciones y oposiciones entre
crecimiento y desarrollo fue un tema recurrente en la bibliografía y en
los debates de los años 60 y 70. En las décadas posteriores quedó
literalmente arrinconado como asunto y hoy, con la irrupción de la
noción de sostenibilidad, vuelve a adquirir una posición central en los
debates … No se puede seguir manteniendo que el crecimiento no es el
problema. El problema es el crecimiento y no el desarrolllo, cuya
formulación teórica –e instrumental– es posible … Por tanto el
horizonte es el decrecimiento” (Alfredo Rubio Díaz, material para el
curso de Doctorado 2005-2006 “Ciudad y Arquitectura sostenible para un
futuro europeo” de la ETSAS, inédito, junio de 2005).
* José Ramón Moreno Pérez ha publicado recientemente con el grupo
de investigación “Composite” el libro Sobre la situación de la
arquitectura: genealogías, diagnósticos e interpretación (Sevilla,
Universidad de Sevilla, 2005).
Luz Fernández Valderrama Aparicio es autora del libro La
construcción de la mirada: tres distancias (Sevilla, Instituto
Universitario de Ciencias de la Construcción y Servicio de
Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2005)
Reseña:
“La construcción de la mirada: tres distancias”, es una reflexión sobre el proyecto de
arquitectura. Cómo se construye la mirada de aquellos arquitectos de
los que queremos aprender y cómo podemos construir la nuestra, son las
cuestiones centrales de búsqueda de todo el texto. Para ello, el
trabajo construye una herramienta, la distancia, para cortar
arquitecturas sobre las que nos interesa pensar para aprender del
proceso de creación y de cómo éste se genera. Inventar primero la
herramienta para averiguar luego sus prestaciones o aplicaciones y así
intentar provocar sugerencias que nos seduzcan a proyectar. Bien podría
haberse denominado “Manual para construir distancias”, o “Un manual
para proyectar” ya que proyectar, es construir distancias.
Las imágenes pertenecen a los alumnos de Proyectos 4 de la ETSAS
para el proyecto de investigación “Hacia una costa inteligente” en el
curso 2004-2005. Profesores: Sara de Giles, Ignacio Capitán y Fernández
Valderrama. Fig. 1: A. Ariza Roca y J.M. Martos Leiva; Fig. 2: J.A.
Pavón González, F.J. Martínez Navarro, F. Pérez Alcántara, M. Pérez
Gonzalo, P. Pérez Lucas y M. Rego Gómez; Fig. 3: F. Castillo Navarro y
F. Fernández Gallardo; Fig. 4: S. Lorca López, H. Lozano Jiménez y A.
Martínez Huelva; Fig. 5: L. Contreras Solozano y M.P. García Gómez;
Fig. 6: P. Montero Baena, A. Moragues Campos, G. Navarro Ortuño.
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October 19, 2006






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estudio arquitectura tecnica y tengo interes de realizar curso o un periodo de practicas en este campo