[autor: sublime]

Arquitectura y catástrofe, tres cortas reflexiones
Última semana de Septiembre, año 2001
Comienza un nuevo curso académico en la escuela de arquitectura más anti-académica de Europa, la Architectural Association,
en Londres. Mohsen Mostafavi, aun director por entonces, nos recibe
cordialmente y da el pistoletazo de salida con un discurso (muy
académico) que no pasará a la historia. Sin embargo, de entre sus
comentarios, no me pasa inadvertida una chirriante y esperpéntica
reflexión sobre cómo los dos iconos del progreso positivista exaltados
por Le Corbusier en su libro Vers une Architecture (Hacia una Nueva Arquitectura),
el rascacielos y el avión, habían protagonizado hacia un par de semanas
(más concretamente el célebre 11 de septiembre) un desafortunado
encuentro frontal.
El patetismo del monólogo nos invita a la estupefacción, y lo que es aun
peor, a la autoinculpación, a sentirse desgraciado por querer ser
arquitecto, a creerse cómplice de la tragedia que ha ocurrido en Nueva
York. Sinceramente, he oído discursos más originales y acertados (y
desde luego con un menor sentido de mea culpa) acerca de la
relación entre nuestra disciplina y las catástrofes que se suceden a
nuestro alrededor. ¿No será, como lamenta Paul Virilio, que el hecho de
que cientos de pasajeros vuelen en el mismo momento dentro de un mismo
avión es ya de por sí un accidente, un error? “Progreso y catástrofe son las caras opuestas de una misma moneda” afirma elocuentemente Hannah Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo.
Efectos colaterales
En el número de marzo 2004 de la revista italiana de arquitectura Domus,
varias páginas centrales están dedicadas a un mapamundi que describe
detalladamente, con datos cronológicos y cuantitativos, la dispersión
epidémica del SARS durante el año 2003. ¿Por qué se siente nuestra
sociedad del espectáculo tan atraída por las muestras en tiempo real de
todo tipo de cataclismos? No voy a intentar responder esta cuestión
(bastante retórica, lo admito) en estas breves líneas. Lo cierto es que
hasta el mismísimo Paul Virilio reconoce su fascinación crítica por la
proliferación global de catástrofes y calamidades, y en su última
muestra en la Fondation Cartier pour l’art contemporain (París, 2002) postula la necesidad de crear el Museo de los accidentes.
Como arquitecto, la morbosidad de la tragedia ajena me interesa poco, por no
decir nada. En cambio, en lo que sí se puede encontrar un enorme
potencial de acción es en los efectos colaterales (que no daños
colaterales) generados por las catástrofes de dimensiones
apocalípticas. Es decir, en las ondulaciones de la superficie del agua
que suceden al impacto de una gota. Dichos desafortunados eventos,
independientemente de sus causas, actúan como epicentros de un colágeno
social, son capaces de catalizar una sincronización colectiva como
ningún otro tipo de episodio o motivación (fútbol aparte). Al comisario
de arte Cuauhtémoc Medina casi le saltan las lágrimas al describir
cómo, tras el devastador terremoto de 1986 en la Ciudad de México, el
pueblo dio una lección al inoperante gobierno organizándose
espontáneamente en los momentos más duros tras la tragedia. Creo que
esta historia nos suena familiar en el norte de España.
Donde las redes de (des)información fomentan “espectadores” de la catástrofe,
las redes de acción alternativa coordinan “actores”, héroes anónimos
que, casi sin saberlo, participan de la más bella puesta en escena
jamás vista.
Arquitectura y catástrofe
¿Puede la arquitectura infiltrarse en el universo cataclísmico? Quizás lo
primero que necesita nuestra disciplina es una cura de humildad,
aceptar con modestia nuestra limitada escala de operatividad y
reconocer que las visiones utópicas de ciudades autosuficientes soñadas
por los colectivos Archigram (Gran Bretaña), Superstudio (Italia) o
Metabolism (Japón) no promueven hábitats seguros, sostenibles ni
saludables. Es más, su suma dependencia maquínica multiplica
exponencialmente la potencialidad del accidente. En palabras de
Francesco di Castri: “si representamos figurativamente el progreso
como una esfera cuyo volumen aumenta constantemente, la superficie de
contacto con lo desconocido se está expandiendo inordinalmente”. El
crecimiento sostenido, concienciado con la responsabilidad de la
producción accidental como contraefecto del desarrollo, es una
asignatura aun pendiente para nuestro futuro.
Y en cuanto al presente: Demos paso a una arquitectura épica, de acción,
de tangibilidad, e inmediatez; una arquitectura cuya validez se
demuestre al instante y sometida a condiciones extremas. ¿Bajo qué
claves?, ¿Según qué estrategias? En base a unos ejemplos
arquitectónicos existentes y evaluables (algunos construidos, otros
imaginados) podríamos hacer la siguiente clasificación (incompleta y
provisional):
* Estrategias de resistencia, cuya intención es la de evitar los
condicionantes que, al asociarse, facilitan el desencadenamiento de
catástrofes. Valga como ejemplo el proyecto Pachamama Toilets
de Harry Paticas (expuesto más detalladamente a continuación), una
propuesta de letrinas públicas en el Valle del río Rimac en Perú con el
objeto de evitar la dispersión epidémica del cólera.
* Estrategias de contra-ataque consistentes en invertir
oportunísticamente las dinámicas, como en el Aiki-do. El autor de estas
líneas desarrolló como proyecto fin de carrera un plan de contingencia
retroactivo ante la erupción del volcán Reventador en las proximidades
de Quito (Ecuador) a finales del año 2002, haciendo uso de la ceniza
volcánica acumulada en la ciudad como activo paisajístico y
arquitectónico.
* Estrategias de emergencia, aquellas que requieren una actuación
inmediata e ingeniosa (refugio, evacuación, realojo). Las viviendas
prefabricadas con tubos de papel prensado diseñadas por Shigeru Ban
para los damnificados por el terremoto de Kansai en Kôbe en Enero de
1995 son un claro ejemplo de la arquitectura al servicio de la
emergencia.
Esta lista podría engrosarse ilimitadamente con casos de correcta y nefasta
práctica: campos de refugiados en Africa Central, hospitales de campaña
acogidos en carpas neumáticas, estructuras geodésicas transportables
diseñadas por el último gran genio Buckminster Fuller… No es
casualidad que las tres categorías arriba citadas coinciden en líneas
generales con estrategias análogas en otras disciplinas ya involucradas
en la acción post-catástrofe como la medicina (campañas de prevención,
equipos de emergencia…) o los servicios civiles (bomberos, protección
civil…). Esta analogía evidencia que para infiltrarse en el universo
cataclísmico la arquitectura tiene que aprender a participar en un
esfuerzo holístico y colaborativo. En fin Mohsen, existen temas más
interesantes de los que hablar en un discurso de inauguración del curso
que el ubícuamente televisado 11S.
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October 18, 2006





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