En algún momento, a través de mezclas irregulares de actividad intensa e inercia política, regiones europeas enteras han llegado a un punto muerto. Se han desalentado la densidad y la concentración, se han descuidado las redes, se ha estimulado la adquisición de automóviles, se ha proclamado el eterno atractivo de la ciudad (¿cuándo comenzará alguien a glosar el atractivo de lo nuevo?), se ha sufrido la brutalidad acumulada de una invasión cotidiana de las hordas posturbanas. Los sistemas ferroviarios malolientes están siempre demasiado llenos; los autobuses cruzan el país sin lógica alguna; carreteras en todas direcciones se obstruyen hasta el límite, como cintas transportadoras de camiones que demuestran que no hay nada en su sitio; todas las mercancías se entregan a destinos equivocadas. ¿Por qué no podemos concebir vastas ciudades, bastardas, acumulaciones arquitectónicas gigantescas, enormes edificios cojín, destacamentos urbanos más allá de la ciudad, obstáculos urbanos que simplemente absorban todos los flujos, engullan las mercancías, los coches y la gente, vengan de donde vengan? Las autopistas podrían desembocarse allí súbitamente; podrían ser utilizadas para aparcar a bajo precio, y acto seguido, coger trenes, tranvías, autobuses o cualquier otro medio superviviente de tiempos más colectivos, hasta llegar al centro: llegar con cualquier medio y desplazarse a cualquier sitio … Estos edificios serían, por definición, eficientes al máximo, en lugares donde la gente no querría ir en absoluto. Serían al mismo tiempo obstáculos y facilitadores, usando inesperadas posibilidades dentro del marco de unas telarañas infraestructurales aparentemente agotadas, combinando accesos promiscuos con una densidad de precio bajo, casi india; serían lugares con una capacidad infinita para la absorción de la gente de puentes y túneles; edificios señuelo que rápidamente se convertirían en sucedáneos de ciudades, mutaciones paraurbanas desarrolladas espontáneamente, formas de vida urbana como mendigos sin techo durmiendo en los cajeros automáticos; edificios que se convertirían en vertederos programáticos autoregulados, que serían infiltrados por el comercio; guarderías para los complejos cinematográficos que proliferan sin cesar; parques acuáticos, por supuesto, y quizás universidades tipo drive-in; mezquitas invadiendo la infinidad de pavimentos de hormigón … Edificios que en su misma brutalidad podrían salvar la civilización tal como la conocemos hoy en día.
[extraído de la revista Quaderns, nº 213]
October 17, 2006





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