artículo de Guillermo Solana
Valencia, diciembre 2004- febrero 2005

Confesaré, para empezar, que James Turrell (Los Ángeles, 1943) me parece uno de los
creadores visuales más fascinantes de esta época. En Roden Crater, un
volcán apagado o dormido en Arizona, ha trabajado desde hace treinta
años en su gran obra, un fabuloso proyecto cuya culminación está
prevista para el año 2006. Desde los túneles y las cámaras elípticas
excavados en el interior del cráter, se podrán observar los ciclos
solares y lunares, ver capturada la luz de los astros y un fragmento
del cielo enmarcado formando una bóveda ilusoria. Este observatorio,
que suscita al mismo tiempo el recuerdo de Stonehenge y de Abu Simbel,
implicaría al espectador en una relación íntima con el cosmos.
Todo comenzó hacia 1965, cuando Turrell alteró los espacios del Mendota Hotel de Los
Ángeles para que en ellos pudiera percibirse la luz sin ningún marco de
referencia. Turrell es un místico de la luz. Sostiene que la luz es
nuestro medio físico: vivimos en la luz y nos la bebemos (“We’re light
eaters. We drink light as vitamin D”). La luz es arquitectura y
atmósfera, espacio y tiempo. La luz es un símbolo de lo espiritual,
como sabemos por las vidrieras de las catedrales góticas y por los
resplandores que contemplamos cuando cerramos los ojos. “Ve adentro y
saluda a la luz” (“Go inside and greet the light”): James Turrell
siempre recuerda estas palabras que le dijo su abuela para invitarle a
los encuentros religiosos cuáqueros. (En los últimos años, Turrell ha
regresado al seno de la comunidad cuáquera y recientemente ha diseñado
un templo para ellos en Houston.)
La vasta obra de Turrell, que ya fue objeto de una retrospectiva en Madrid, en La
Caixa, en 1992, vuelve ahora con esta exposición que si no puede ser en
absoluto completa, sí representa un espléndido modelo reducido. La
comisaria de la exposición, Ana Mª Torres, trabajando en estrecha
colaboración con el artista, ha reunido dos piezas tempranas y cuatro
instalaciones recientes. Las dos piezas pertenecen a una serie de
poliedros de luz datados en 1968: se trata de una pirámide azul (Alta, blue) y un prisma rojo (Juke, red)
creados mediante un haz de luz que desde dentro de una pared se
proyecta en el rincón opuesto de la sala. El fluido luminoso se
congela, se coagula en una masa sólida y casi podemos palpar sus
superficies, sus aristas. A Turrell le gusta hablar de sí mismo como un
“escultor de luz” y lo cierto es que en estas piezas la luz parece
tallada como si fuera mármol.
Un oscuro pasillo nos conduce a las instalaciones que ocupan la mayor parte de la
exposición. En ellas reaparece la solidificación de la luz, pero
combinada con otros procedimientos que tienden más bien a
desmaterializar, a disolver todo lo sólido en una neblina. Porteville
(2004), por ejemplo, consta de una serie de pantallas de luz enmarcadas
con los colores complementarios que van cambiando de color lentamente
en ciclos de seis minutos. El muro rojo del fondo, aparentemente
sólido, no es en realidad sino el resplandor de un espacio contiguo
saturado de luz. En otra de las instalaciones, Catching breath
(2004) distinguimos en una pared lo que parece una pintura o un bloque
azul incrustado y en realidad es un vano iluminado. Al acercar la
cabeza, descubrimos con sorpresa nuestra capacidad de atravesar los
muros como auténticos fantasmas. En la dialéctica barroca de Turrell,
la arquitectura sostiene y enmarca la luz, pero ésta, por su parte,
puede destruir la arquitectura real y remplazarla por otra ilusoria. En
estas instalaciones, el secreto ya no reside en lo que pasa ahí, ante
nosotros, sino en lo que le sucede a nuestro cuerpo. La supresión de
cualquier objeto, cualquier imagen, cualquier punto de referencia,
trastorna nuestro sentido del emplazamiento y nos deja como suspendidos
en el aire por arte de magia. El procedimiento se basa en un fenómeno
óptico conocido como el efecto Ganzfeld.
Los primeros exploradores del Ártico describieron la extraña pérdida de la visión
que sufrían recorriendo la extensión blanca, uniforme y vacía del
paisaje polar. Los buceadores que descienden sin la referencia de una
pendiente submarina o los aviadores que avanzan en la niebla se ven
abocados a la misma suerte. En 1930, Wolfgang Metzger reconstruyó en un
laboratorio el efecto Ganzfeld: situados ante una pared blanca y curva
que abarcaba todo su campo visual, los sujetos dejaban de percibir la
pared y se encontraban sumidos en una niebla sin límites. Turrell
descubrió ese efecto en 1968, trabajando con el científico Edward
Wortz, que investigaba las alteraciones perceptivas que sufrían los
astronautas. El Ganzfeld es un campo visual de color e intensidad
luminosa uniforme, un campo que carece de singularidades, de
irregularidades hasta tal punto que el ojo no es capaz de enfocar
ningún punto.
Las otras dos instalaciones pertenecen a una serie titulada precisamente Ganzfeld. Para entrar en ellas hay que descalzarse. La primera, bajo el título Pneuma
(2004) (que será adquirida por el IVAM) consiste en un Ganzfeld
encajado dentro de otro; atravesamos una especie de puente como colgado
sobre la nada para llegar a una sala circular oval blanca donde los
ecos nos perturban. Aural (2004) nos conduce por una rampa hasta
el umbral del vacío –un espacio azulado, vagoroso, indefinido, un
verdadero balcón al Nirvana. El propio Turrell evoca a propósito de
estas instalaciones las clásicas vivencias de los que han estado cerca
de la muerte. Pero no es necesario ser cuáquero, ni californiano, ni
creer la reencarnación (como el propio Turrell) para experimentar un
leve temblor ante estas escenografías de lo inmaterial. Al suprimir los
objetos, las imágenes y el foco de la visión, el espectador se enfrenta
a la realidad de su propia percepción y se encuentra por así decir
mirando su propio mirar, atrapado en una gama hipnótica de sensaciones
que están más allá de todo intento de descripción verbal.
‘greeting the light’ entrevista a Turrell por R. Whittaker
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October 17, 2006






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