post Category: arquitectura,críticas,utopías post Comments (0) postOctober 6, 2006

La era digital impulsó un movimiento de nuevos proyectos e ideas que recuperan la fuerza de las viejas utopías



Por CRISTIAN SCARPETTA

cscarpetta@clarin.com
Cuando en 1989, Francis Fukuyama decretó “el fin de la historia”, planteó la muerte de las utopías esenciales de la modernidad. Puso de manifiesto ese desencuentro entre ideologías y realidad, que derrumbaba la ilimitada fe en el progreso. Una convicción que en la arquitectura expresaron los futuristas de principio de siglo XX o el grupo Archigram en los 60. Sin embargo, la era digital fomentó un nuevo movimiento de arquitectos que recuperan el valor de la utopía y defienden los sueños futuristas que sí se concretaron. Una evidencia de esto es la exposición “Ciudad del futuro: experimento y utopía en la arquitectura 1956-2006″, que se celebra en Londres. Ahí las ciudades deconstruídas de Zaha Hadid, la Terminal de Yokohama diseñada por Foreign Office Architects (FOA) o el Museo Guggenheim de Frank Gehry retoman el camino de los inflables de Archigram y la Villa Rosa de Coop Himmelblau. Y fortalecen las fantasías de edificios granjas o una torre biónica para Hong Kong de 300 pisos y con capacidad para cien mil personas.Otra prueba del regreso de la razón utópica es el impulso que toma la arquitectura espacial, con propuestas para construir en el vacío a miles de kilómetros de la Tierra. Por ejemplo, el estudio EDL diseña para la NASA estaciones espaciales con revolucionarias soluciones constructivas queamplían los límites de la imaginación (ver Construir en el espacio en pag. 14).Pero este renacer trae implícito un concepto de utopía diferente. Para el arquitecto Jorge Mele, “ya no es la mirada totalizante de Tomás Moro que la concibe como un horizonte perfecto, absoluto e inmodificable. La utopía de hoy tiene una dosis de racionalidad apoyada en la invenciones tecnológicas”. Porque la crisis petrolera de la década del 70 puso en evidencia que tanta modernidad tenía un alto costo energético y después en los 80, nació el posmodernismo que vino a rescatar la historia. El respeto por los viejos edificios se hizo evidente y el fin del milenio presentó obras como la Pirámide del Louvre o la reforma del Reichstadt (el Parlamento alemán), en las que lo nuevo convive con lo viejo. También las nuevas necesidades como el cuidado del medio ambiente y la falta de terrenos condicionaron las nuevas visiones.La nueva era. En 1997, el Museo Guggenheim Bilbao de Frank Gehry, fundó una nueva etapa en la historia de la arquitectura. Fue el primer arquitecto famoso que, mediante la utilización de tecnología digital, construyó un edificio complejo con formas que antes habrían sido casi imposible de alcanzar. En su trabajo sobre la revolución digital, el arquitecto Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste plantean que ” Gehry rompió la monotonía y la decepción. Jóvenes arquitectos como Greg Lynn, Ben Van Berkel, Alejandro Zaera-Polo o Winny Maas recorrían con entusiamo escuelas, revistas y simposios predicando un nuevo mundo formal producido por la tecnología”.

Las primeras pruebas construidas terminaron en fracasos o en edificios muy distantes a lo que aparecían en los gráficos digitales. Pero “todos querían experimentar con las superficies onduladas y las formas deformadas”, según Massad. La computadora invita a fantasear y eso se nota. Esta revolución no es un acto de reacción contra modelos establecidos sino la materialización de una nueva sensibilidad.

Lejos de la teoría, la investigación sobre botánica aplicada a la experimentación arquitectónica digital, en el caso de las torres granja, plantea la posibilidad de una nueva generación de estructuras cuyo desarrollo se basaría en las características de un organismo vegetal. La idea de la funcionalidad es reconsiderada por una arquitectura genética cuya forma híbrida permite no subordinar forma a función sino lograr que ambas coexistan y se redefinan mutuamente, como exponen los edificios del Estudio R&Sie.

Las utopías cumplidas. La nueva razón utópica rescata de la historia las visiones que se hicieron realidad. El sueño de las grandes metrópolis para millones de personas dominadas por las torres se ha cumplido. Esa fascinación por la escala, los nuevos materiales y la velocidad de construcción viene de antes de la Primera Guerra, cuando los arquitectos futuristas dibujaron imágenes de un mundo de edificios de metal. En 1928, Buckminster Fuller imaginó una serie de edificios en altura que se elevaban como dardos sobre la corteza terrestre. Se trataba de inmensas torres de habitación de un material ligero y resistente, que se ensamblaban en fábricas y se transportaban en dirigible, para ser lanzadas dentro de cráteres abiertos por el impacto de una bomba que el mismo dirigible arrojaría previamente. Así podía construirse toda una ciudad.

Le Corbusier también propuso torres para millones de habitantes y, en 1939, Norman Bel Geddes construyó una maqueta de Futurama, la ciudad de la movilidad. Eran tiempos en los que lo antiguo fue una mala palabra. Los planes urbanos y arquitectónicos se planteaban acabar con todo lo viejo. La exposición en Londres recorre la historia y presenta un modelo de la Nueva Babilonia de Constant Nieuwenhuys, la ciudad global a escala planetaria concebida en 1956, y la ciudad del futuro pensada por Rem Koolhaas en 1972.

La fiebre espacial de los 60 proyectó una vida similar a la de “los supersónicos” con construcciones de plástico y viviendas en cápsulas flotantes que nunca se concretaron. Pero fortaleció las utopías de las nuevas formas y materiales, que se cumplieron con los primeros exponentes de la corriente high tech: el Pompidou de París y el Lloyds Bank de Londres. Y, desde allí, se expandieron con símbolos como el Museo Kunsthaus de Peter Cook o el Phaeno Center de Zaha Hadid.

Lo que no fue. Muchos sueños sobre el año 2000 nunca se cumplieron. Grandes arquitectos imaginaban que la arquitectura sería distinta a lo que es hoy. El arquitecto Adolf Loos proclamó a principios del siglo XX que las molduras en los edificios eran un despilfarro inmoral y vaticinó un futuro de edificios austeros y despojados.

Los pioneros de la arquitectura moderna proclamaron el nacimiento de una actitud mental que superaba para siempre todos los estilos. El tiempo mostró que el moderno también, en muchos casos, se convirtió en un estilo. Le Corbusier afirmó que la casa debía ser como una máquina de habitar: eficiente y funcional. Sus ideas revolucionaron la arquitectura, pero ochenta años después la gente espera que su vivienda sea cálida y acogedora.

Otra fantasía rota es la flexibilidad ilimitada. Los sueños de espacios indeterminados que pueden usarse para distintas cosas gracias a muebles transformables y paneles móviles, están lejos de convertirse en una solución para todos los problemas de viviendas.

Las luces de Archigram imaginaban una fábrica en la que se hacían casas como cápsulas y se transportaban a todo el mundo, donde se enchufaban entre sí. O un futuro de ciudades caminantes en las que los edificios se podían desplazar de un lugar a otro, que nunca se concretaron.

[ fuente: http//www.clarin.com ]

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